martes, 2 de mayo de 2017

PorPaulo Menotti | Especial para El Ciudadano


En 1917 en los talleres del Central Argentino en Rosario trabajaban tres mil obreros.

“Reinó el desorden. Hubo tranvías hechos hogueras por las calles de Rosario, el estallido de bombas concluyó por resultar frecuente, en ocasiones ningún automóvil circulaba sin permiso escrito de federaciones organizadas para perjudicar el tráfico, y los ferrocarriles, particularmente antipáticos al presidente, fueron saboteados múltiples veces con incendios de coches, destrucción de vías o puentes, descarrilamiento de trenes y estragos. Se vio también el penoso espectáculo de soldados del ejército nacional, a quienes los huelguistas les quitaban el máuser de las manos, sin que los así vejados pudieran resistirse, pues tenían orden de no hacerlo. El puerto quedó en manos de la federación marítima y las cosechas sufrieron criminales tropelías”, recordó el historiador Juan Álvarez sobre la situación de la ciudad de Rosario durante 1917, un año clave de uno de los principales ciclos de huelga que sacudió al país entre 1917 y 1921 durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen. En ese período de tiempo transcurrieron la Semana Trágica (enero de 1919), los sucesos de la Patagonia Trágica (1918-1921) y los de la empresa La Forestal (1918-1921) en el norte santafesino. Por entonces, el 1º de Mayo no era un día feriado. Conmemorar a los Mártires de Chicago, es decir, a los obreros asesinados en Estados Unidos por protestar, era un desafío a los patrones y a una sociedad que pretendía que los trabajadores no reclamaran. En ese marco, hace 100 años Rosario iniciaba una gran huelga de repercusión nacional que tuvo su origen en el reclamo de los trabajadores de los talleres ferroviarios de la empresa Central Argentino, en el actual shopping Alto Rosario. En junio de 1917, la empresa de origen inglés, ante la crisis económica que marcaba la Primera Guerra Mundial para la Argentina, pretendía un mínimo de trabajo para sus empleados.

PLUSVALÍA Y DESPUÉS

Desde sus primeros tiempos, el capitalismo impuso un sistema de dominación que tiene entre sus principales bases la relación asalariada de trabajo. En ese proceso, un trabajador es despojado de parte de su producción casi sin darse cuenta. Desde mediados del siglo XIX quedó claro que si un trabajador realizaba una labor, una producción por su cuenta, lo hacía en menor medida que en un medio de producción donde había máquinas, además de una división y racionalización del trabajo. En su taller, un artesano podía fabricar, como ejemplo, una camiseta, pero en un centro fabril llegaba a producir más aunque siguiera cobrando un salario equivalente al que ganaba por sí solo. A esto lo llamaron plusvalía y es la parte con la que se queda el empresario. Cuando los trabajadores se dieron cuenta de esto atacaron de lleno al nudo productivo, es decir, el tiempo de trabajo. La medida de fuerza fue entonces parar la producción con la huelga. Estaba claro que, mientras más tiempo estaba el obrero en la fábrica, más riqueza generaba para el patrón. El historiador Edward P. Thompson contó que hacia fines del siglo XVIII e inicios del siguiente, los patrones adelantaban el horario de sus relojes a la hora de entrada en la fábrica, y lo atrasaban para la salida.

RESISTIR A LOS CARNEROS

Al mismo tiempo, la huelga significó desde sus primeros momentos un desafío al orden patronal. Abandonar el trabajo y hacer frente a las represalias era recordarles a los empresarios que estaba en manos de los trabajadores poder fabricar las cosas. Por eso, desde los sectores patronales lo vieron, y lo ven, como una afrenta. Para combatir eso, los empresarios inventaron mil excusas y proclamaron la “libertad de trabajo”, es decir, que había gente que por más que era explotada quería seguir trabajando. Así fue que durante mucho tiempo llevaron a trabajar a rompehuelgas, también conocidos como carneros. Si el trabajo continuaba, el empresario no tenía pérdidas y los trabajadores se desanimaban en sus reclamos. Los trabajadores no permanecieron quietos sino que desde hace más de 150 años inventaron los “piquetes de huelga”, que no fue otra cosa que intentar evitar que otros entren a trabajar, que ocupen sus lugares de trabajo, cuando ellos mismos están reclamando. Por último, los trabajadores comenzaron a reclamar por el “derecho a huelga”, que significó poder reclamar sin perder el trabajo, ni el jornal de paga, sin ser perseguidos por las autoridades.

ROSARIO HACE 100 AÑOS

En junio de 1917, en los talleres del Ferrocarril Central Argentino trabajaban más de tres mil obreros. Allí confeccionaban y reparaban los vagones ferroviarios y las máquinas. En esa época, hacía casi tres años que había comenzado la Primera Guerra Mundial, y la economía hacía decaído. Por primera vez el país entró en crisis en el siglo XX, los barcos dejaron de tocar el puerto rosarino y las empresas ferroviarias dejaron de invertir, se perdió el fervor de colocar vías. Incluso peor, las empresas comenzaron a recortar en lo que más podían. Primero echaron a los trabajadores inmigrantes del Imperio alemán y luego comenzaron a recortar salarios y puestos de trabajo. En el gran taller de Rosario, en el que llegaron a trabajar entre 3 mil y 7 mil obreros y muchos de ellos eran conchabados sólo por jornada en el Portón Nº1 de avenida Alberdi, la empresa propuso que los de secciones de aserraderos trabajasen seis días al mes. Los obreros pidieron por lo menos cuatro días semanales. Así comenzó la huelga a la que se sumaron reclamos salariales. Al mismo tiempo se dio una gran pelea en las calles cercanas a la empresa porque los trabajadores hicieron piquetes para impedir el ingreso de carneros. Así fue que tomaron el protagonismo las mujeres de los barrios Refinería y Talleres, que rodearon el sector y “visitaron” a las familias obreras que no estaban tan convencidas, para que participaran en la medida de fuerza. Las cosas se fueron agrandando, hubo huelguistas que incendiaron vagones y depósitos empresarios, se levantaron vías, y hubo enfrentamientos con la Policía. Afortunadamente, el jefe de la fuerza, el radical Noguera, tenía un buen trato con los trabajadores y no permitía abusos policiales. La empresa entonces decidió despedir a dos trabajadores que eran líderes de la huelga, y el conflicto se orientó en torno del reclamo para que dejaran volver al trabajo a los despedidos. Se realizaron asambleas en el salón Airosi, de avenida Alberdi, donde asistieron tres mil personas e Yrigoyen envió a dichas reuniones al ministro de Obras Públicas, Pablo Torello.

HUELGA GENERAL

El conflicto se resolvió el 10 de julio pero estalló nuevamente en agosto, cuando hubo un lock out patronal y las cuestiones se salieron de cauce. El conflicto se extendió a la provincia con la quema de 20 vagones en San Genaro y enfrentamientos en San Cristóbal, y luego a todo el país. Entre los dirigentes obreros de los ferroviarios, los socialistas fueron mayoría y entre estos surgió el español José Domenech, que militaba en el PS rosarino. Éste fue quien destronó al anarquista Pedro Casas, quien no era obrero ferroviario y había sido convocado por los trabajadores porque la empresa despedía sistemáticamente a cualquier dirigente. En septiembre, la cuestión se complicó con la huelga de tranviarios. Los ferroviarios apoyaron a los transportistas y atacaron a los carneros. Cuando un tranvía pasó frente al Portón Nº1 de avenida Alberdi, desde la biblioteca obrera que estaba enfrente unos niños comenzaron a arrojar piedras y desde el coche respondió el bombero custodia con su máuser. Como resultado murió un trabajador. Se inició entonces una huelga general decretada por la anarquista Federación Obrera Regional Argentina y la Federación Obrera Local Rosarina, ligada a la anterior en apoyo a los ferroviarios. La medida de fuerza terminó en un triunfo para los trabajadores y la empresa se limitó a reclamar aumento de tarifas para hacer frente a este costo salarial.

Fuente: http://www.elciudadanoweb.com/cuando-rosario-encendio-la-mecha/

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